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salir zona de confort

Hace poco leí un cuento metafórico. En él se narraba la historia del padre de una familia pobre y sin más recursos que una vaca a la que ordeñaban. La leche que no utilizaban para alimentarse la utilizaban para el trueque o para malvenderla. De repente se dieron cuenta que aquel hombre y aquella familia se habían hecho ricos. Al ser preguntados, el hombre contestó “teníamos una vaca, pero murió. Y al vernos sin nada, tuvimos que desarrollar habilidades que ni sabíamos que teníamos”.

La zona de confort es un concepto aplicable a todos los aspectos de la vida (también el laboral, por supuesto), que aunque haya existido siempre, no ha sido hasta los últimos años que ha tomado la relevancia que merece. La zona de confort tiene muchas definiciones (como esta de Wikipedia o esta otra QueAprendemosHoy), pero por resumirlo, podríamos definirla como un estado mental de comodidad que no nos exige ninguna complicación. No nos confundamos, es una zona cómoda, pero no tiene por qué ser la mejor, y sin duda es muy difícil salir de ella. Claro, ¿qué hay más allá de lo que conocemos perfectamente? Lo desconocido, el peligro (real o imaginario), el fracaso (posible o no)… es decir, el miedo. Sin ir más lejos, la zona de confort de la familia del cuento, antes de que se muera la vaca, es la pobreza.

Sentirse acomodado (que no cómodo) en el ámbito laboral suele traer consecuencias nada positivas. ¿Quién no conoce a alguien que lleva ocupando el mismo puesto más de diez años y que, sin embargo, no se siente contento ni realizado? ¿Quién no conoce empresas abocadas al fracaso porque “esto siempre lo hemos hecho así” y, negándose a cambiar, quiebran?

En este post estudiaremos 5 maneras para huir de esa zona y los beneficios que puede traer.

1. Es un estado mental.

Puede parecer obvio, pero a menudo nos engañamos. No queremos dejar un trabajo que nos frustra porque, quizá, tengamos que renunciar al finiquito. O porque, quizá, estemos peor en el siguiente trabajo. Si somos emprendedores o empresarios, quizá nos de miedo delegar en personas que sepan más, nos creamos más sabios o siempre hayamos trabajado de esta forma. Llevándolo a otro plano, quizá no dejemos a nuestra pareja que nos maltrata “porque nos lo merecemos y porque no encontraría a nadie más”.

El primer paso indispensable para salir de nuestra zona de confort es darnos cuenta que estamos en ella (seamos ricos o un padre de familia con una vaca), que somos nosotros quienes la hemos creado y cómo nos afecta. Estas limitaciones (físicas, emocionales…) las ponemos nosotros, y nadie más que nosotros las puede superar. Así que a base de autoevaluación, cuestionamiento propio, saber qué queremos (o que no queremos) y confiar plenamente en nosotros mismos nos levantaremos de ese sofá mental.

2. Haz pequeños cambios.

Si se trata de romper el confort, la única manera es haciendo cosas nuevas. Una vez tenemos claro qué nos pasa, cual es nuestra zona de confort y que queremos salir, tenemos que empezar a actuar. ¿Miedo? Seguro, siempre lo habrá, es lo que ha hecho sobrevivir a la humanidad, pero no puede ser excusa. Quizá ese algo nuevo no deba ser el negro del blanco. Quizá un cambio radical no sea lo mejor en todas las ocasiones, pero desde luego pequeños cambios, o cosas nuevas, traerán otro mayor.  ¿Te desespera no saber tus tareas? Molesta y pregunta.  ¿Odias ir en metro cada día por el olor a humanidad,  la falta de espacio o la claustrofobia? Coge el bus, o utiliza la bicileta y, además, haces ejercicio. Lo que sea, pero haz algo nuevo.

3. Busca un nuevo reto.

Los cambios del punto dos nos llevarán a crear nuevos hábitos, y estos nos encaminarán a mayores cambios.

Una vez acostumbrados a esa incertidumbre, esa especie de miedo que nos dan esos cambios, busquemos un área que implique un cambio verdadero. ¿Llevas diez años estancado en un puesto de trabajo que solamente te trae frustración? Cambia o emprende (con cabeza, eso siempre). ¿Te da miedo la soledad? Haz un viaje por tu cuenta. ¿Sientes rutina? Aprende un nuevo hobby, ya sea bucear, saltar en paracaídas o conocer gente nueva.

Este paso consiste en llevar a un extremo el segundo punto. Haz cosas nuevas. Y, con la práctica, cosas nuevas que en un principio te den miedo.

4. Llega hasta la cima.

Nos encontramos haciendo cosas nuevas. Antes tenías fobia al mar y ahora te encuentras en un curso para aprender a bucear entre peces. Vamos bien, pero no es suficiente. Llega hasta el tope de esa novedad, hasta su cima, hasta el máximo que puedas, una y otra vez.

¿Te da pánico hablar en público? Empieza por dar una pequeña conferencia a diez personas. Pero luego exponla ante 50 personas, ante 100, ante un auditorio entero. Hazlo así hasta que ese reto no pueda dar más de sí. ¿A que ya no sientes miedo a dar esa conferencia ante 500 personas?

5. Reinicia el proceso.

Cuando ya hemos asumido completamente la actividad que hemos elegido, la incorporamos a nuestra zona de confort. Es una zona nueva, diferente a la que teníamos, quizá más grande (o más pequeña, según como se mire), pero sigue siendo eso.  Así pues, tenemos que reiniciar el ciclo, entender esa nueva zona de confort y aceptarla. Una vez lo hayamos hecho, podemos pasar ya al punto número 3, buscar una nueva actividad y llevarla al límite.

¿Ya has incorporado el buceo a tu vida? Salta en paracaídas, corre una maratón o aprende a hacer saltos de esquí. Un nuevo reto que te provoque (miedo, desafío…), empieza a practicarlo y llévalo al límite hasta que lo incorpores a tu zona. Y entonces vuelve a autoanalizarte y busca el siguiente reto.

¿Quién dice que, a los 50 años, es tarde para emprender? Quizá no necesites más que un empujoncito…

¡Esperamos tus comentarios!

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